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JOSE TOMAS PERFILES JOSE TOMAS ENTREVISTA CARMEN RIGAL IR NO QUIERO MORIR SOLO SER PERFECTO IR JOSE TOMAS LA LEYENDA, EL MITO IR De cuando se me apareció San José (Tomás) IR PONCE VERSUS TOMAS- LA POLEMICA IR
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José Tomás José Tomás (1975- ), matador de toros español, una de las grandes figuras de la tauromaquia durante los últimos años del siglo XX y los primeros del XXI. Nació en Galapagar y es sobrino-nieto del ganadero Victorino Martín. Debutó de luces en febrero de 1991, con picadores en junio de 1993 y se presentó en Madrid como novillero en 1995. Tomó la alternativa en México el 10 de diciembre de ese mismo año, de manos de Jorge Gutiérrez y con Manolo Mejía como testigo, con un toro de Xajai; la confirmó en Madrid en mayo de 1996, de manos de José Ortega Cano y con Jesulín de Ubrique como testigo. José Tomás lanzó su carrera en México, donde se formó para llegar a España con un espléndido rodaje como novillero. Ya como matador, los más importantes cosos de su país, como las Monumentales de las Ventas y de Barcelona, se rindieron a su arte. Este se caracterizó siempre por una valentía cercana al desprecio del riesgo, unas excepcionales cualidades para el toreo al natural, gran habilidad con la espada y por su capacidad para rendir al máximo en las plazas y ante las ganaderías más difíciles. Especialmente brillante es su toreo con la mano izquierda, situándose muy cruzado con el toro y ejecutando la suerte con gran pureza, lo que le costó varias cornadas graves y, a la vez, le consagró como uno de los mejores toreros de las últimas generaciones junto a Enrique Ponce y Joselito. Su llegada a las grandes ferias supuso casi una revolución en el escalafón taurino y, probablemente, la apertura de una nueva época en el mundo de los toros. En septiembre de 2002, anunció su retirada temporal de los ruedos; regresó a los mismos, el 17 de junio de 2007, de forma triunfal, cortando tres orejas a su lote y abriendo la Puerta Grande de la Monumental de Barcelona. |
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![]() Por Carmen Rigalt. Fotografías de Chema Conesa EL MUNDO
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Sin embargo, hoy se somete a la sesión de fotos con actitud disciplinada y prudente, abre su corazón como una lechuga, habla lento, sin lanzar furtivas miradas al reloj y hasta se concede el lujo de brindar de cuando en cuando esa sonrisa tímida y aporcelanada que es la mejor expresión de su personalidad.
Pregunta.-Vamos a hacer un pacto,
José. Usted se sincera hasta donde le deje su pudor y a cambio yo prometo no
preguntarle si dan más cornadas los toros o las mujeres.
Respuesta.-Hecho.
P.-¿Le apetece la idea?
R.-¡Sí! La pregunta de las cornadas es tan típica, y tan disparatada,
que me pone malo... Se lo digo sinceramente. Siempre me ha parecido horroroso
que comparen a los toros con las mujeres.
P.-¿Vender la
mercancía? Eso es puro marketing, José.
R.-Suena fatal, la verdad. Yo no utilizo nunca la expresión. Además, no
sé vender la mercancía. Si la tanda que pego me satisface, pues bueno, puedo
salir airoso al ruedo, con la cabeza alta, pero si es una tanda mala ¿por qué
voy a sacar pecho? Aquí cuentan mucho las apariencias, pero a mí no me gusta
aparentar lo que no siento. Ni me gusta ni me sale. Desde siempre he sido muy
fiel a mí mismo y quiero seguir siéndolo.
P.-Pero usted lleva
el móvil desconectado.
R.-Es que me falla a veces...
"Un futbolista será muy importante, pero nunca podrá compararse con un torero. Y es que el torero se juega la vida"
P.-¿Lo sabe él?
R.-No creo. Nunca se lo he dicho.
"No me apetece establecer ningún récord. Esta profesión es de sentimientos y los sentimientos no caben en el `Guinness'"
P.-Usted llegó a la
profesión taurina por empeño de su abuelo. En la vida de muchos toreros hay un
padre o un abuelo dispuestos a sacarse la espina de su frustración con los
hijos o los nietos.
R.-Mi abuelo es muy aficionado. Me eligió a mí por ser el mayor de los
hermanos. Siempre me llevaba a la plazas... Yo me dejaba, y a los 10 años maté
mi primera becerra y a los 12 toreé ante el público. Al principio me lo tomaba
como un juego, pero después me asusté... Era una sensación rara, difícil de
explicar. Quería pero no quería. Empecé a ser consciente de lo que
significaba esta profesión y a sentir miedo, es decir, miedo a hacer el ridículo,
miedo a no dar la talla, miedo a sacrificarme tanto... Cuando me daban esas
ventoleras intentaba quitarme de en medio y mi abuelo se cabreaba. Luego volvía
otra vez, y así sucesivamente.
P.-Según lo cuenta,
parece una extraña relación de amor-odio.
R.-Yo creo que sí. Luchaba contra mí mismo. Me daba cuenta de la dureza
de la profesión y entonces me pasaba al fútbol, que era menos sacrificado.
Jugaba en el equipo de Galapagar. De hecho toda mi familia ha estado muy
vinculada al fútbol. Mi padre llegó a jugar en los juveniles del Madrid, más
tarde fue jugador del Galapagar, y luego entrenador y presidente del club. Mis
hermanos también son muy futboleros. Pero el caso es que finalmente mi abuelo
se salió con la suya. Entre tanto futbolista, él quería un torero. Ahora dice
que ya puede morir tranquilo.
P.-Sus hermanos lo
mirarán a usted como un marciano.
R.-Uno de ellos va a verme prácticamente siempre, pero los otros dos
sufren mucho... Marcelo, el que me sigue, fue a la plaza el día de la
alternativa y lo pasó fatal. Ahora prefiere verme en vídeo después de las
corridas.
P.-Corríjame si me
equivoco: su padre es constructor.
R.-Sí: es constructor.
P.-O sea, rico.
R.-Yo no diría tanto...
P.-¿Prefiere que le tiren un muñeco
de peluche a una prenda interior femenina?
R.-Sí, por supuesto.
P.-¿Le da suerte?
R.-Me da ternura.
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¿Eres consciente del insoportable brillo de tu ausencia? "Joaquín Sabina: " José Tomás: "Las ausencias que más duelen no son las elegidas" Joaquín Sabina, de 57 años, lo dijo enseguida: quería conversar con José Tomás, de 31. El torero dijo sí rápidamente. Lleva dos años fuera de los ruedos. Es un poeta, hablando y en silencio. Un tipo tan joven, con tanta madurez. Lo da el miedo, acaso, dijeron. El músico y su amigo se encontraron en la casa de Sabina. Éste tomó whisky. José Tomás, un refresco. |
El torero José Tomas y el cantante Joaquín Sabina, en Madrid. (LUIS MAGÁN) |
Juan Cruz
EL PAÍS -19-08-2006Joaquín. Mi intención es hablar de este hombre al que yo venero, y hacerlo en un periódico de gran difusión en el que no todos sus lectores son taurinos. Querido Tomás, ¿eres consciente del insoportable brillo de tu ausencia? Hay gente que desprecia lo taurino, pero nadie ignora que hubo un tipo llamado
José Tomás que brilla ahora por su ausencia. ¿Eres consciente de eso? ¿Cómo lo llevas?
José Tomás. Soy consciente. Pero las ausencias que más duelen no son las elegidas, como la mía.
Joaquín. ¿Tú decidiste conscientemente irte?
José Tomás. Sí, por eso duele menos. Este mes de mayo último ha sido duro; perdí a un amigo. Esa ausencia sí que la siento, y mucho.
Joaquín. Y ni siquiera brilla, sólo duele.
José Tomás. La mía es una ausencia elegida, se puede restaurar.
Joaquín. ¿Quieres decir que volverás?
José Tomás. No, no lo quiero decir. Pero sí que lo podría hacer. En cualquier momento. La ausencia que más duele es la que no se elige y la que no se puede
volver a sustituir.
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Joaquín. Corren muchas leyendas sobre ti. Por ejemplo, dejas de torear y te dejas barba, porque un torero con barba no puede ser. De hecho, yo ayer me afeité la barba para que estuviéramos un torero con barba y un cantante sin barba, y me ha salido fatal. Corre la leyenda de que te hiciste hippy, y que te fuiste a Estepona, a jugar al fútbol en un equipo de Tercera División.
José Tomás. Hay leyendas que son ciertas y otras que son leyendas. En mi caso, la barba me la dejaba en los inviernos. Joaquín. Pero no has tenido los huevos de hacer el paseíllo con barba. La liturgia es la liturgia.
José Tomás. Eso no es cuestión de huevos; la barba me la he dejado en invierno, y he toreado con barba, en el campo. Y lo del fútbol es cierto, he jugado en un equipo de Estepona. El Macarena. Por un bar en el que voy a tomarme una cervecita de vez en cuando, tranquilamente, con mis amigos. |
Joaquín. Tu abuelo y el fútbol. Cuéntame la historia.
José Tomas. Mi abuelo es muy importante en mi vida. Todos los días me llevaba a Las Ventas, cuando era un crío de diez u once años. A San Isidro. He visto muchas faenas. Me gustaba el fútbol, del Atleti de toda la vida. Y él quería que fuese torero.
Joaquín. Te destrozaba los balones si te veía jugar al fútbol. Para que fueras torero.
José Tomás. Puso la fe y la ilusión para que su nieto fuera torero. Fue realidad su sueño.
Joaquín. Te ponías donde nadie se ponía. Y te fuiste. Hay gente que dice que no se torea igual comiéndose los mocos que con mucho dinero.
José Tomás. En mi caso no tiene que ver con el dinero. Nunca se puede poner uno delante de un toro por dinero. Porque no hay nada que pueda pagar la vida de un ser humano.
Joaquín. ¿Qué le dirías a la sociedad protectora de animales, a los canarios [que no autorizan los toros], a Esquerra Republicana..., a los que dicen que es espectáculo bárbaro?
José Tomás. No comprendo que se recurra al insulto para defender lo que ellos defienden.
Joaquín. ¿Cómo defiendes la muerte del animal?
José Tomás. Poner un animal a la altura o por encima de una persona como ser humano no lo puedo comprender.
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Joaquín. ¿Un buen argumento?
José Tomás. Tampoco soy la persona más indicada. Pero uno bueno es que me fueran a ver a torear en Barcelona.
Joaquín. ¡Olé! "Iros a ver a José Tomás y dejaros de mariconadas".
José Tomás. A Barcelona.
Joaquín. Donde yo te vi. ¿Qué hay en ese terreno? Nadie sabe muy bien cómo eres, nadie te conoce. No has pisado mierda, no concedes entrevistas.
José Tomás. Sabes qué hay en eso. |
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Joaquín. ¿Qué hay?
José Tomás.
De purísima y oro... Yo creo que uno debería vestirse, no ya en el toreo, sino en la vida, de purísima y oro...
Joaquín.
De purísima y oro es una canción que hice pensando en ti, para Manolete. Una historia preciosa. El 28 de agosto, el mismo día que mató un toro a Manolete en Linares, tenías que torear, y te pusiste de purísima y oro, como la canción... Tienes en un altar a Manolete...
José Tomás. Es un ejemplo. Me fascina el misterio, la naturalidad, la hombría con la que afrontó lo que tenía que afrontar.
Joaquín. Dejaste ir toros vivos. ¿Qué pasa cuando uno dice "a este toro no lo mato"?
José Tomás. No sé. Me pasó primero en México. Fatal, al principio eso se vive fatal. Es como el deber no cumplido.
Joaquín. Antes los toreros llevaban casetes de Concha Piquer. Tu generación empieza a escuchar otras cosas.
José Tomás. La primera vez que te escuché fue en México. Un ganadero mexicano te escuchaba constantemente. Y nos dieron las diez. La siguiente canción que me cautivó fue Sin embargo. Esa música me ha ayudado terriblemente. Tu música ha sido como la oración a la que encomendarme.
Joaquín. No me digas eso.
José Tomás. Me ha pasado estar en el burladero, con el capote, esperando, y pasárseme por la cabeza canciones tuyas.
Joaquín. ¡Calla, calla!
José Tomás. Eso me ha ayudado mucho a soportar el miedo.
Joaquín. El maestro Esplá dice que eres el último torero que ha visto que no tiene miedo.
José Tomás. Tengo miedo. Soy un ser humano y he pasado mucho miedo.
Joaquín. ¿Cómo llevas que se diga "Vuelve, José Tomás, haces falta"?
José Tomás. Me reconforta. Pero no me empuja. Lo que me presiona soy yo mismo. Últimamente, sobre todo siento que algo de mi espíritu pasa hambre. Esa hambre la tengo que alimentar ahora. Necesito ahora torear de salón todos los días.
Joaquín. ¿Lees?
José Tomás. Pues sí que leo. Últimamente he leído la historia de Ava Gardner, de Marcos Ordóñez; se titula Beberse la vida. Mucha, mucha historia del toreo.
Joaquín. ¿Y lees poesía?
José Tomás. La tuya.
Joaquín. ¿Qué es el miedo? ¿Cómo es esa siesta espantosa que echáis antes de la corrida?
José Tomás. Es espantosa, sí. Siesta no suelo dormir; los días de corrida salgo a pasear, y me tumbo luego en la cama. Pero no duermo.
Joaquín. ¿Te gusta que la gente vaya a verte vestirte?
José Tomás. No. Nadie.
Joaquín. José, ¿cuándo dices "no sólo voy a ser torero, sino que voy a ser Dios"?
José Tomás. Poco a poco. En México fue cuando dije que iba a dedicar mi vida a eso...
Joaquín. ¿Volverás? ¿Y te pondrás en el sitio donde te ponías?
José Tomás. Si no pensara que me iba a poner en el mismo sitio nunca volvería. Si vuelvo algún día es porque me voy a poner en el mismo sitio y voy a tratar de torear mejor que lo que hacía. Y ahora te pregunto yo: ¿qué piensas que puede ser la muerte?
Joaquín. Pasemos a la siguiente pregunta... Me aterroriza, no tanto la muerte, sino el deterioro físico... Cuando me dio el marichalazo..., no dolía, pero al tercer día quise ir a mear y entonces me tuvieron que bajar los calzoncillos, y eso a Luis Aragonés y a los de mi pueblo nos humilla muchísimo. Y yo dije: así no quiero vivir. Hasta ahí, no.
José Tomás. Olé.
No quiere morir, sólo ser perfectoJosé Tomás se entrega a una doble misión: buscar la excelencia y devolver la grandeza a la fiesta- EL PAISMIGUEL MORA 08/09/2007 José Tomás le dijo una vez a Joaquín Sabina que le fascinaba "el misterio, la naturalidad y la hombría" con que Manolete "afrontó lo que tenía que afrontar". A estas alturas, es casi una obviedad decir que Tomás también tiene un misterio. Probablemente tiene varios. Claro, todo torero tiene que estar un poco loco para ser torero. Y todo torero verdadero guarda dentro un secreto, un alma distinta, una inteligencia de otra especie, un corazón de artista. ¿Pero acaso es José Tomás un hombre raro? "¡Qué coño va a ser!", dice José Tomás, padre. Su hijo mayor, añade el ex alcalde del PP de Galapagar, pelo completamente blanco y cara de buena persona, fue siempre muy normal, un chico estupendo, con alguna tendencia a la soledad y la meditación, y ahora es igual, "muy callado y solitario, pero también divertido y cariñoso", "del Atleti de Madrid porque en casa tenemos el corazón grande y está prohibido ser del Madrid"; un joven que "adora a Camarón de la Isla, al Che Guevara, a Manolete y a Antonio Ordóñez", y al que "le gusta vivir a su aire y pensarlo mucho todo". Tomás tiene un misterio. Quizá tiene varios. Un torero tiene que estar un poco loco para ser torero |
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Tomás le dijo en una entrevista a Almudena Grandes que volvía porque "vivir sin torear no es vivir" El regreso de Tomás ha sido aún más sonado de lo que fue su debut en 1997 en Las Ventas Nada muy raro tratándose de un chico cualquiera de Galapagar, en la sierra de Madrid, nacido hace 32 años en el seno de una familia de derechas, moderadamente, que hizo su dinero con el ganado manso y "las finquitas" que reunió el abuelo, Celestino, nativo de Colmenarejo y hoy entrañable y sordo a los 89 años, y que también fue ocasional conductor de un gran turismo (un taxi de lujo) blanco que paseó por España a muchas de las figuras del toreo de la posguerra. Todo el mundo sabe ya que después de cinco años de silencio y ausencias de los ruedos, su nieto ha vuelto a torear. En junio, Tomás le dijo a Almudena Grandes en una entrevista memorable en EL PAÍS que volvía porque "vivir sin torear no es vivir". Según su abuelo, "el chico ha vuelto porque no sabe hacer otra cosa". El caso es que el regreso no ha podido ser más estruendoso, y en apenas dos meses y 12 corridas, desde el espectacular debut del 17 de junio en Barcelona hasta la terrorífica cogida de Linares el 29 de agosto, día del 60º aniversario de la muerte de Manolete, Tomás se ha coronado otra vez como rey indiscutible del toreo. Catalanes antinacionalistas como Albert Boadella y poetas como Joaquín Sabina, pero también sus propios colegas de profesión, se asombran al verlo, admiran su valor, subrayan que su arte encarna la verdadera torería. "Tiene dos cojones", dice Joselito. "Torea como sueña", afirma el matador Ángel Gómez Escorial. Para el promotor flamenco Juan Verdú, "hacía muchos años que los toros no daban esa sensación de peligro, esa emoción.
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Ahora, todo el que quiera torear sabe que ahí huele a ciprés". Sencillo y silencioso, un ejemplo de discreción, Tomás asiste impasible a tanto barullo y se limita a expresar en la plaza todo lo que calla fuera. Pero la presencia de la muerte, la posibilidad de que el torero muera en el albero ha vuelto a los ruedos con él. La parca, que parecía haberse esfumado de las plazas hasta convertir la fiesta en una sucesión monótona de suertes deshilachadas, ha vuelto al primer plano. Tanto, que hay gente que piensa que Tomás se quiere dejar matar en la plaza. "¿Dejarse matar? Yo creo que no", dice Joselito, "pero eso sólo lo sabe él. Siempre piensas que puede pasar, pero evidentemente no quieres que pase, es sólo un pensamiento". "Tomás es un torero trágico como Chocolate era un cantaor trágico", dice su amiga Carmen Esteban, que acaba de publicar la biografía de la viuda de Manolete, Lupe Sino, en Espasa. "Si le cogen tanto es porque se pone donde los toros te cogen", añade César Rincón, que confiesa admirar a Tomás: "Es un torero muy puro y demuestra tener un umbral del valor altísimo; sería mejor que le cogieran menos, claro, y seguro que a él le gustaría también que le cogieran menos...". Otros matadores que se sienten agraviados por el sistema taurino, como Ángel Gómez Escorial y Joselito, creen que Tomás ha vuelto para liberar a la fiesta de los usos y mañas de los taurinos, esos que le obligaron a irse a México a hacer la carrera de novillero cuando se negó a pagar para poder torear en España. "Teníamos ideales muy parecidos en el fondo y la forma", explica Joselito. "Luchamos contra los que han llegado a la fiesta para servirse de la fiesta, los que entienden esto sólo como un negocio. Nosotros lo entendemos como una forma de vivir: de ello, por ello y para ello; ellos sólo entienden el primero: de ello". |
Para esa cruzada, Tomás ha contratado a un apoderado catalán sin experiencia (el músico y ex crítico taurino Salvador Boix). Ha impuesto sus condiciones y su caché (en torno a los 50 millones de pesetas, aunque nadie suelta prenda). Ha llenado cada plaza que ha visitado, y ha puesto al escalafón en fila de a uno: o torear como él torea, donde él se juega la vida, o dedicarse a otra cosa. "Yo no quiero entrometerme. Al torero no le gusta que hable, sólo puedo decir que no es mejor ni peor, sino distinto a todos". Así saluda Celestino Román Martín, el abuelo de Tomás y patriarca de la familia. Fue él quien le inoculó el veneno. Primero, llevándole de niño a Las Ventas, tendido alto del 8; después, animándole a torear cuando José, su Jose, "iba para futbolista". -¿Y qué ha heredado de usted Jose? -El ser buena persona. Todo el mundo lo dice. -¿Ha oído que la gente dice que ha vuelto para dejarse matar?
-Son leyendas. Lo que pasa es que tiene amor propio. Pero qué coño va... Quieren saber más que los demás, que no sabemos na.
Llega José Tomás, padre. Justo a tiempo para zanjar el asunto. "Así que se quiere dejar matar... ¿Es que el torero está gilipollas o qué? Cualquiera que lo conozca sabe que gilipollas no está, y loco, menos. Lo que pasa es que unos exponen más que otros. Y hay toreros que torean 100 corridas al año y salen sin un rasguño". El padre no se pierde una tarde de su hijo. Habla de él con una pasión que no ciega el conocimiento. "Siempre ha sido muy perfeccionista, su crítico más severo; nunca está contento, siempre busca más. Ha hecho mucho, pero no se conforma". Un rasgo de esa enfermedad de perfeccionismo: Tomás lleva, desde el año 2000, a un fotógrafo filmador a todas partes. Es Antonio Escamilla, hermano del malogrado operador de cine Teo Escamilla: "Grabo todas las corridas de Tomás y algunas tientas, soy uno más de la cuadrilla", dice. El torero, que en su primera etapa se negó a dejarse embaucar por los contratos millonarios de televisión, ve una y otra vez sus actuaciones para corregir cosas, detalles... Escamilla: "En el vídeo se ven mejor los fallos, y a él le gusta controlarlo todo, la lidia, los picadores, sus movimientos... Es muy serio, un tío excelente, y para él su cuadrilla es intocable".
Tomás viaja rodeado de un equipo pequeño que le permite vivir un clima de confianza y amistad. Aparte de su hermano Andrés, que es el mozo de espadas, y de su apoderado, Salvador Boix, los intocables son Miguel Cubero, su banderillero de siempre, y El Kiki, su ayuda, el chico para todo, que se crió con la familia. Boix negocia los contratos, exigiendo lo que el torero pide, y le libera del acoso de la prensa: "Él vive para torear", dice Boix. "El dinero importa, pero es una cosa más. Lo que él hace no se paga con dinero".
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En la peña taurina José
Tomás de Galapagar, al lado del estanco de la plaza, una cátedra formada por
ocho o diez jubilados que conocen al torero desde niño, más un par de
jóvenes de su edad que son amigos, pasa revista a las últimas noticias. La
cornada de Linares ya es historia, "cuestión de rehabilitar bien y ver si
llega a Salamanca el día 12".
Todos afirman que Tomás, en la calle es como en el ruedo: un ser excepcional y un hombre cabal. "Lo he tratado poco", dice Joselito, "es tímido y no habla mucho; pero es una persona pura, sincera y honrada. Lo que hace y lo que dice, lo mantiene. Siempre". |
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"Esa autenticidad ha tenido un efecto, los intelectuales han vuelto a la plaza", reflexiona Gómez Escorial. "La fuerza a los toros se la dieron gente como Lorca, Picasso y Hemingway, que estuvieron muy cerca de matadores como Sánchez Mejías, Ordóñez o Dominguín, que eran tipos abiertos al mundo; que hoy se acerque gente como Joaquín Sabina significa que esa unidad funciona otra vez, y eso ayudará a desterrar el estereotipo cerril".
Quizá por todo ese revuelo paralelo, el regreso de Tomás ha sido aún más sonado de lo que fue su llegada, cuando allá por 1997 debutó como matador en Las Ventas en la Feria de San Isidro y formó el primer gran delirio. Las palabras que escribió el maestro Joaquín Vidal, aquella primera noche de puerta grande, a toda prisa y certero como una daga, sirven para explicar hoy, diez años después, un fenómeno que en el fondo no tiene nada de paranormal: "Y llegó José Tomás... Llegó José Tomás, se echó la muleta a la izquierda y acabó con el cuadro. Quiere decirse que se terminó la presente historia. La hegemonía de los pegapases y sus derechazos pasó a mejor vida". "Llegó José Tomás; y, desde entonces, tienen un antes y un después la feria y la fiesta". Un antes y un después. Nadie lo hubiera dicho viéndole aquella noche, cuando nada más salir a hombros de la plaza se metió en la furgoneta para volver al hotel Victoria. Imposible olvidar su mirada perdida, esa serenidad marciana, y aquella forma medio abúlica de encajar un éxito histórico para el que se había preparado desde que su abuelo Celestino le preguntó, cuando tenía 10 años, si quería torear. Durante el trayecto, Tomás sólo abrió la boca para contestar parco a las preguntas, y sólo sonrió cuando el coche pasó por la plaza de Neptuno y dimos una vuelta alrededor del dios atlético en homenaje a su equipo del alma.
Vidal no se equivocó. Tomás recuperó el toreo por derecho, explicó lo que es el valor y recordó que sin el riesgo y la emoción del juego entre la vida y la muerte, el toreo no es nada. Diez años después, mientras unos tratan de apropiarse del mito y de deconstruir al hombre que sólo habla en la plaza, él sigue con su misión imposible, la búsqueda de la perfección en el toreo; la renovación de ese milagro fugaz que Bergamín llamó la música callada del toreo.
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Domingo, 9 de septiembre |
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415 |
“Para vivir se ve forzado a torear y
para no traicionar lo que él entiende por toreo, rayar en lo más
alto y ser el quinto evangelista sólo tiene un sendero,que es atajo,
horóscopo y, quizá, mortaja”
Sánchez Dragó |
LEYENDA
| EL MITO JOSÉ TOMÁS, A FONDO El quinto evangelista Tras Joselito, Belmonte, Manolete y Antonio Ordóñez, los cuatro evangelistas del toreo, José Tomás completa el quinteto más sublime de la historia. Fernando Sánchez Dragó analiza su trágica filosofía en la plaza y las claves de un torero de época a través de las imágenes exclusivas de la cámara de Anya Bartels, fotógrafa que le ha acompañado 12 años. 29 de agosto de 2007, plaza de toros de Linares, sexagésimo aniversario de la muerte de Manolete, segunda corrida de feria, torea José Tomás… Hablo de oídas y de leídas. Yo no estaba allí. Héroe no es sólo quien alcanza gloria, sino también el que la confiere. Ese día, el del aniversario que pudo ser obituario, un cantautor de cartel, Joaquín Sabina, ascendió a los cielos desde su tierra madre: Linares, Úbeda… Jaén. Aceituneros altivos. Pongamos que hablo del toro que le brindó Tomás y que parecía la reencarnación de Islero. Tus canciones, Joaquín, se quedan cortas. Torear es más que cantar, más que escribir. Las letras y los sonetos se repiten. Las faenas, no. No hay bis posible en el toreo. Nada en él se re-presenta ni se re-cita. El otro día, por obra y gracia de un amigo, alcanzaste el cenit de tu gloria. Eso, en efecto, es amistad. El de los pies ligeros llaman en La Ilíada a Aquiles y así podríamos llamar también –luego diré la razón– a José Tomás, el torero de los pies atornillados en sí mismos, en el éter, en el cielo o en la nada, porque los apoya, cuando torea, en un terreno que no existe. ¿Es una revolución? No. Es otra cosa. No me pregunten cuál. Revolución fue la de Belmonte, que pisó por primera vez, adrede, sistemáticamente, el terreno del toro sin que éste se lo llevara por delante. Torear fue, después de él, más intenso, más extenso, más hermoso y más difícil, porque ya no bastaba con parar, templar y mandar. Se hizo necesario, además de eso, ligar y cargar la suerte. |
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Y así estaban las cosas cuando a finales del siglo XX saltó a la arena el quinto evangelista del Nuevo Testamento de la tauromaquia y modificó las Tablas de la Ley.
Sus antecesores en la redacción del corpus evangélico de la modernidad taurina fueron Joselito, Belmonte, Manolete y Antonio Ordóñez. Curro y Paula no eran cristianos, sino pagano de Roma andaluza el uno, gitano el otro y, los dos, morenos de verde luna que iban por el monte solos.
La nueva doctrina –el sexto canon– aún no tiene nombre, pero muy pronto lo tendrá. Está al caer. Corre ya por los tendidos y las trastiendas de la afición. Será la voz del pueblo, el coro de la Fiesta, la gente del común, quien se lo ponga, porque José Tomás nos iguala a todos. Quien lo ve torear, amigo o no, y no tiene la piel y el corazón anestesiados, se da cuenta de que nadie, nunca, ha toreado así y de que con él nace y, simultáneamente, alcanza plenitud una manera distinta de entender y practicar el toreo.
Habemus papa. Decía yo que este Sumo Pontífice cita al toro con los pies clavados en el éter, en un terreno que no es de tierra, en un punto inexistente del albero. ¿Metafísico? Quizá, porque sólo ahí, ta-metá-ta-physiká, más allá de la física aristotélica, en el recinto de las Ideas platónicas, en lo inmaterial, en el nirvana, cabe concebir el de otro modo inconcebible milagro que se produce cuando Tomás cita al toro y este pasa a través de él. A través, digo, y lo subrayo, pues ése es, a mi juicio, el quid y el quicio de la buena nueva tomasina, del quinto evangelio de la Tauromaquia, de lo que Tomás añade a la preceptiva de Belmonte.
Buena nueva, en efecto, es, pues le cuadra, analógicamente, lo que el ángel de la Anunciación dijo a María para explicar el portento de que con el himen intacto y sin concurso de varón estuviese encinta: como el rayo de sol por el cristal. No se me ocurre, ya digo, metáfora que mejor describa lo que sucede en el ruedo cada vez que la mole de un cuatreño en puntas atraviesa el cuerpo de José Tomás como los fantasmas atraviesan las paredes.
Joaquín Sabina, que es ateo, no lo sabe, pero por eso tituló y vistió De purísima y oro la canción de dos carriles dedicada a Manolete y Tomás.
Buscábamos un nombre? Pues ya lo tenemos: torear al través, torear por entre el cuerpo del torero, poner ese mismo cuerpo –como tantas veces, de José Tomás, se ha dicho– donde otros ponen la muleta, pero poner también el alma donde otros tan sólo ponen el cuerpo. Torear con el alma. Cambiar por ésta el capote, la muleta, la seda, el percal y la espada. Convertir en Jesucristo el toro, el torero en ángel, el toreo en Anunciación y la arena en mujer preñada. Dar travesinas.
Travesinas… Dirá algún día El Cossío: «Lance de muleta y modo de torear inventado por el matador José Tomás que consiste en hacer pasar el toro a través del cuerpo del torero sin romperlo ni mancharlo, como el rayo de sol por el cristal. Algunos cronistas lo llaman pase de la Purísima Concepción».
Amén.
Tomás no está en ningún sitio tangible cuando torea, si sus pies levitan, si lo que el toro embiste no es engaño de tela, sino de alma, ¿cómo se las ha apañado Anya Bartels para sacar de esa invisibilidad, de esa nada, sus fotografías?
Verdad es que nada hay más fotogénico en el mundo que el mundo del toreo, pero sólo Fra Angelico, antes de ella, había conseguido trasladar a imágenes la Anunciación sin menoscabo de su belleza.
Tus fotos, Anya, son a José Tomás lo que el paño de la Verónica fue a María y la Sábana de Turín al Nazareno.
Sé lo que el lector está pensando… Si lo que digo es cierto, si los pitones no hieren el cuerpo glorioso de Tomás, ¿por qué la carne mortal de éste acaba en la enfermería tan a menudo?
Rezongo justificado. José Tomás, desde su reaparición, sale casi a cogida por corrida. Empezó la cuenta atrás de ese rosario de misterios dolorosos en Barcelona, el día de su regreso, siguió en Burgos, en Ávila, en San Sebastián y en Málaga, y el miércoles 29 de agosto estuvo a punto de pasar en Linares lo que por fin no pasó.
No pasó, y la afición, estremecida, pudo entonar el Deo gratias después de haber temblado, pero no nos engañemos. Él tampoco lo hace. Lo que no pasó podría pasar en cualquier momento. Cuando José Tomás torea, el ángel de la muerte está en la plaza.
Ser matador de toros obliga a vivir matando, pero también a matar muriendo.
Albert Boadella ha escrito: «La fiesta de los toros es un rito didáctico, el arte más moral que existe, en el que se dan todos los valores humanos y todos los elementos que configuran nuestra naturaleza: la vida y la muerte, el valor y el miedo. Y como hoy en día la sociedad se empeña en esconder la muerte y el sufrimiento, los toros nos sirven para recordar lo inexorable y aprender a vivir con ello».
Morir como el toro, Albert, o morir como torero: tanto monta.
Y tú sabes, como lo sé yo, que José Tomás quiere morir en la plaza, aunque ni yo ni tú lo queramos. Otra cosa es que lo consiga, porque los médicos, observantes del juramento hipocrático y por él constreñidos, se lo impiden, pero los evangelistas de la tauromaquia suelen morir con la taleguilla puesta. Así lo hicieron dos de los cuatro que antes mencioné: Joselito y Manolete. Otro –Belmonte– se descerrajó un tiro porque ya no era capaz de pasarse por la faja los pitones de la chiquilla cortijera que sin pasar por el aro lo encoñó. Fue ese suicidio, y deicidio, otra forma de morir en el ruedo. Sólo Antonio Ordóñez, entre los ases de ese póquer (y, con José Tomás, repóquer), más cuco, pero no peor torero, supo encontrar un rincón –al que dio nombre– fuera del hoyo de las agujas, hurtó el cuerpo al destino aciago y murió en la cama.
Lo sé. Este artículo suena a crónica de una muerte anunciada y podría llevar orla de luto: la de las misas de réquiem. Pero no me carguen ese segundo llanto de Lorca en cuenta, porque no soy yo quien lo escribe. Fue el propio José Tomás quien un día puso letra a su oración póstuma en son de juego, en charla de amigos y en casa de Joaquín Sabina. «¿Cómo te gustaría morir?», le preguntaron. Y él, tras una pausa, lacónico, senequista, con los ojos perdidos, dio la única respuesta posible. «Toreando», dijo.
Y cayó, y calló, el silencio.
No galleaba. No fardaba. Era, sólo, fiel a sí mismo, y congruente, porque ya antes, en muy distinto escenario, había dicho que, para él, vivir sin torear no es vivir.
¡Fantástica ambivalencia e implacable misticismo! Petrarca: Un bel morir tutta una vita onora. Teresa de Ávila: Vivo sin vivir en mí / y tan alta vida espero / que muero porque no muero. E incluso, cargando la suerte, Jesús de Galilea, con gal de Galapagar, que como Hijo de Dios y dios encarnado debía morir, y como Hijo del Hombre y de María, y amante, acaso, de la Magdalena, prefería vivir.
Pero lo uno y lo otro, vivir y morir, toreando. Pasión, Crucifixión y Resurrección: tal es el ciclo. Y sospecho que José Tomás no puede ni quiere escapar a él. La muerte, como al jinete fugitivo de Las mil y una noches, lo espera en Samarra. Para vivir se ve forzado a torear y para no traicionar lo que él entiende por toreo, rayar en lo más alto y ser el quinto evangelista sólo tiene un sendero, que es atajo, horóscopo y, quizá, mortaja: el de la permanente tentativa de inmolación.
Por eso corrió el albur de torear tocando pelo el 29 de agosto en Samarra, digo, en Linares, y por eso estuvo a punto de pasar allí lo que no pasó. Insisto: la escapatoria es difícil. Sólo renunciando a ser quien es tendrá José Tomás larga vida, calor de hogar, amor de esposa y de hijos, y nietos a los que contar lances de torería, llevar a los toros, hacerles destripar balones para que no caigan en la tentación del fútbol y pasar, acaso, el testigo y el bastón de mando en plaza que a él le pasó su abuelo.
Es el dilema de Aquiles. Por eso llamé antes a Tomás el de los pies ligeros.
La primera corrida de la que guardamos recuerdo se celebró ante los tendidos de las murallas de Troya –su foso era el callejón y no tenía burladeros–, y el primer cronista taurino de la Historia fue un vate ciego.
Aquiles había nacido para vivir guerreando y morir joven, pero su madre, Tetis, lo vistió de mujer y lo recluyó en un gineceo para impedir con lo que ella creía ingeniosa artimaña que sucediese lo que estaba escrito. De nada, sin embargo, sirvió el ardid, porque si astuta era Tetis, aún más astuto era Ulises. Acudió éste, ¿Salvador Boix? al refugio del torero travestido, lo llamó a batalla con el clarinazo que anuncia los cambios de tercio y lo convenció de que el sentido del deber, la afición y el karma lo obligaban, como explicase Krisna en la Gîta a Aryuna, a recuperar su condición viril, empuñar las armas, entrar en lidia y combatir en Troya, que sin su ayuda, según el Hado, jamás sería conquistada.
Aquiles escuchó el reclamo, mordió en el cebo, se vistió de coraza y oro, empuñó el estoque (que no era simulado), toreó a gusto en la plaza de Ilión, inspiró La Ilíada, se lució en todas las suertes, se enceló con Héctor –el de los pitones tremolantes y la bravura sin tacha–, lo mató al encuentro, arrastró su cadáver por el coso, se arrepintió de haber dado, a toro muerto, tan alevosa lanzada, rindió honores a su enemigo, devolvió su despojo a los troyanos y murió, a verso seguido de poema homérico, también él, joven, apuesto, belígero, centelleante, de resultas de una cornada traicionera recibida en la femoral del talón. No tenía ningún otro punto vulnerable, pero bastó con ése para que el destino se cumpliera. El cuerpo exánime del héroe fue llevado a hombros entre aclamaciones por los aqueos, dio la vuelta a Troya, en cuyos muros los pañuelos flameaban, y salió por la puerta grande de la leyenda, la mitología, la hagiografía y la Historia.
Yo no invento nada. Fue Homero quien compuso ese Génesis de las sagradas escrituras de la tauromaquia.
En el principio fue Aquiles, y luego llegó José Tomás.
Cada aficionado ve en el ruedo lo que quiere ver: arte, espectáculo, panem et circenses, deporte, liza, caza, alarde, ritual, entretenimiento, agnición, catarsis, danza de la muerte… Yo veo religión: un sacramento.
Dice Villán –¡levántate y anda, hombre de Dios!– que hay dos sectas, «la de los tomistas y la de los tomasistas, y que el tomasismo es subversión y el tomismo religión».
Sea. Aprovecho, Javier, el viaje de ese toro y me apunto a las dos sectas. Soy tomista y tomasista. A un torero de esa índole, que en el orbe y en la urbe es Papa, como a Roma, poeta, por todas partes se va.
Y otro periodista de este periódico, David Gistau, que sí estuvo en Linares, escribió a cuento de aquello: «José Tomás desborda los cauces taurinos y tiene encaprichados a escritores que lo inventan de un modo al cual él no solamente es ajeno, sino que incluso puede llegar a convertirse en víctima».
Touché, David. Me doy por aludido. Pertenezco, supongo, a ese grupo de escritores tomistas que esperan de José Tomás lo que tú, en tu crónica, llamabas «toreo bonzo». ¿Sacralizo en exceso? Mea culpa. Me remuerde la conciencia. No quiero ser instigador de un suicidio ni cómplice de un magnicidio. Y tienes, además, razón. Seguro que José Tomás vive ajeno a todas estas pajas mentales y elucubraciones de filósofo barato que se retrata en taquilla y ve los toros desde los tendidos. Lo suyo, simplemente, es torear.
Lavo en público mis vergüenzas y mis culpas. El día 16, Dios mediante, estaré en Nimes. Confío en que José Tomás haga allí, recuperado, el paseíllo, y salga, ileso, por la puerta grande.
Explíquenme Villán y Gistau por qué José Tomás se hospeda, cada vez que va a Linares, en la misma habitación del mismo hotel en la que se hospedó Manuel Rodríguez aquel día fatal del mes de agosto de 1947.
Eso dicen. Quizá sea un bulo.
¿Lo es?
Iré para terminar, más lejos. Sumaré, en mis fantasmagorías, a la religión la patria. Ha bastado que José Tomás vuelva a los ruedos para que éstos también vuelvan al imaginario colectivo de los españoles. La llamada fiesta nacional resucita. Todo el mundo, ya sea taurófilo, ya taurófobo, ya catalán o vascón, habla ahora de toros. Tomás es el personaje del año: torero de cartel no sólo en las dehesas y los ruedos, sino también, como lo fuese Paquiro al salir del Café de Chinitas, en la calle. El otro día, el del cogidón de Linares, recorrió el último tramo de ella, antes de entrar en la plaza, a pie, mientras el gentío lo aclamaba. Llevábamos mucho tiempo sin ver cosas así.
España, al paso de ese torero, se despereza, presta atención y grita olé. Quizá se levante. Es el cuento del Príncipe y la Bella Durmiente, la Segunda Venida.
Será por lo que sea: por duende, por ángel, por misterio, por soplo… Por todo eso, tan fácil de percibir, tan difícil de describir, que sólo los evangelistas del toreo tienen. Asegura Boadella, hombre de teatro, que ni en el mejor Hamlet ha sentido lo que se siente viendo dos buenos pases de José Tomás. Yo diría lo mismo, extendiéndolo a cualquier otro lance de emoción estética, ética y, sorry, religiosa que la vida me haya deparado. Lo que más me gusta en ella, en la vida, son los toros, y nadie, hoy, en ellos, me gusta tanto como José Tomás. Su capote, su muleta y su espada son arte, cultura, rectitud moral, pedagogía, emoción, religión y… ¿Patria?
Ese torero es, Federico, cuanto nos queda de ella.
| Lugares invisibles
Según Fernando Sánchez Dragó, las instantáneas de la fotógrafa alemana Anya Bartels acerca del universo taurómaco de José Tomás son como el sudario que envolvió a Cristo: impresiones en negativo de una divinidad intangible. Las imágenes desentrañan la personalidad del de Galapagar –que se viste de luces aunque sea para tentar unas vacas– y muestran los terrenos imposibles que pisa, limítrofes con la tragedia. |
| Anya Bartels, miradas alrededor del mito
La fotógrafa Anya Bartels-Suermondt (Düsseldorf, Alemania, 1965) ha retratado toda la carrera como matador de toros de José Tomás. Su primera “temporada”, desde 1995 hasta su retirada en 2002, y lo acompaña desde su reaparición este año en Barcelona. Más de 10 años al lado del torero, formando parte de su círculo íntimo. Anya publicó en 2002 junto a Javier Villán el libro “Claves rituales de un enigma. José Tomás” (Editorial Calambur). “Lo conocí a raíz de mi intervención en un reportaje sobre José en ‘Informe Semanal’. Su madre le llamó y le dijo: ‘José, hay una alemana que te ha entendido a la perfección’. Ese mismo día, su apoderado me invitó a cenar con ellos y otras personas”, cuenta. |
El Maestro estaba la otra tarde contento. Hasta esbozó una sonrisa, cosa rara, cuando el público murciano le obligó a salir al tercio a saludar. Casi no le había dado tiempo a cambiar el capote de paseo por el de faena y ya la plaza entera le dedicaba una ovación de gala. Y sonrió, sí, tal vez pensando: "Me aplauden de esta forma y aún no me he desperezado. Si le meto a un toro dos naturales seguidos, se llevan a media plaza a la unidad coronaria del hospital y me joden la tarde".
Primer lance. Muleteo de recibo y San José deja que el toro se le cuele por
un terreno peligroso. A mi lado el locutor de la SER, fuera de micrófono,
exclama: "Eso es de torpes". Inmediatamente un vozarrón surge de
la fila de atrás: "Un respeto al Maestro". Ahí se acaba la
conversación.
San José Tomás, tal vez para dejar en feo al prisaico, detiene el comienzo
del tercio de banderillas, le dice al subalterno que se retire, a pesar de
que ya estaba con los palos dispuesto para empezar la suerte, y se va a por
el toro. Le cita de largo y le da dos verónicas de infarto abrochándose el
capote a la cintura. Ahora sí. La lidia puede continuar. Y la SER, que siga
informando.
Al rato, el Maestro coge la muleta y se va a brindar al público desde los
medios. La montera da varias vueltas y finalmente queda boca abajo. El público
lo agradece con un alarido de satisfacción. A San José le da lo mismo. Ni
siquiera se ha percatado. Él ha venido celebrar una liturgia, no a jugar
con los trastos. Cuando empieza a torear al natural, el tiempo se detiene.
La respiración de los que estamos en la plaza también. Toreo desmayado, a
cámara lenta, metiéndose al toro en el terreno más peligroso sin que la
cadencia de los pases se altere lo más mínimo. Y el Maestro que mira de
reojo al tendido y ve que algunos rostros ya empiezan a ponerse cianóticos.
Así que acaba la tanda y deja que la gente vuelva a meter oxígeno en los
pulmones.
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En el toreo de José Tomás, el público asume más riesgo que el torero. Mi
vecino de la derecha, periodista de la COPE, me mira con los ojos húmedos.
"Mira por dónde, Pepe –le digo–, nosotros, que no pudimos ver torear
a Manolete, lo estamos viendo esta tarde". "Me lo has quitado de la
boca", me responde. Clavado en el suelo y con el pecho fuera, San José cita al toro. Da igual que venga directo a por el torero. Un leve toque de muñeca y el expreso Madrid-Irún con dos cuernacos en la locomotora vuelve a entrar en la vía correcta, justo una décima de segundo antes de impactar con el diestro. San José no se ha movido ni un milímetro. Y otra vez. Y otra. Y otra más. La gente ya no puede aplaudir. No es bastante. Nos miramos los unos a los otros, superados por la impresión de lo que estamos viendo. Aplaudir no basta. Haría falta, no sé, arrancar las butacas, declararnos republicanos en masa o que alguien se quemara a lo bonzo para dar una réplica que hiciera justicia al espectáculo que nos está brindando el Maestro esta tarde. |
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La faena, larguísima, se nos hace muy corta. Queremos más, pero alargar el
espectáculo tal vez sería un exceso sacrílego. San José se va a por el
estoque, cuadra al toro con un toque de la esquina de la muleta y entra a
matar. Lo hace a cámara lenta, como todo lo suyo. Despacio, muy despacio,
coloca una estocada antológica. El toro, con reverencia, tras unos segundos
se arrodilla ante él. En la plaza no hay pañuelos agitándose porque toda
ella es un pañuelo. El presidente, para evitar que haya un altercado, saca
dos pañuelos casi simultáneamente. El rabo no lo concede. ¡Qué mas da! Ni
a San José ni a los que hemos presenciado su faena nos importa nada un apéndice
más o menos. Lo nuestro es otra cosa. Más sublime, más elevada, más santa.
San José Tomás debe retirarse de los ruedos. No le queda nada más por
hacer. Está ya en el peldaño divino de la tauromaquia, donde se acaba la
escalera. Hay que hacerle un santuario en Galapagar y ponerlo en una
hornacina, para que los aficionados de todo el mundo acudan en peregrinación
una vez al año. Eso, y sacarlo en procesión a primeros de mayo, no a hombros
sino en un trono, como las imágenes sacras, para que bendiga cada año la
Feria de San Isidro, a ver si algún día sale a Las Ventas un toro en
condiciones.
Cuando abandono la plaza, antes de finalizar la corrida, veo a unos veinte
mozalbetes de estética buhardillera, como corresponde a los niños de familia
bien, con una pancarta en contra de los toros. Si hubieran estado con sus papás
en los palcos VIP habrían visto una inmensidad artística. No se lo merecen.
Que se jodan. De hecho, ¿alguien en este mundo merece realmente que exista
José Tomás?
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TRANSCRIPCIÓN ÍNTEGRA DE
LA ENTREVISTA CONCEDIDA POR JOSÉ TOMÁS AL PERIODISTA CARLOS LORET DE MOLA EN
LA CADENA DE TELEVISIÓN TELEVISA (MÉXICO):
Madrid (España). Pregunta: ¿Qué prefieres, que te den la cornada o dar un paso para atrás? José Tomás: Prefiero que me den la cornada. Bueno es difícil esa elección. Tú cuando piensas que un toro puede pasar por donde tú quieres que pase, pero para ello te tienes que quedar quieto, asumes el riesgo de la cornada. Me siento menos defraudado conmigo mismo si me pegan una cornada por tratar de torear, no por el hecho de que me la peguen sino por tratar de torear, prefiero eso que pegar un paso atrás. |
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Pregunta: ¿Qué es la muerte para un torero, su propia muerte?
José Tomás: Creo que lo que para todo el mundo. Algo que da mucho miedo, algo desconocido. Nosotros sabemos que estamos aquí, pero yo por lo menos, no sé donde voy. Es algo que lógicamente te da miedo.
Pregunta: ¿Si te dieran chance de elegir, elegirías morir de una cornada?
José Tomás: Si me dieran chance de elegir... Una muerte en la plaza de toros para un torero es una cosa muy linda. Te digo que yo no salgo a una plaza para morir, pero si sabes que te vas a morir, por supuesto prefiero morir en una plaza de toros que en un coche.
Pregunta: ¿Para torear y para votar es mejor la izquierda o la derecha?
José Tomás: Para torear, mejor la izquierda porque siempre ha sido la mano con la que más a gusto me he encontrado. Su propio nombre lo indica, es el pase natural y en el toreo lo natural es lo bello. En cuanto a lo otro, yo no toreo bajo ninguna bandera. Hay gente que me ha querido utilizar políticamente con el tema de Barcelona, por ejemplo. Yo no toreo para luchar contra el nacionalismo. Yo toreo para hacer disfrutar a la gente que me va a ver a la plaza y en Barcelona, lo que ha pasado este año, ha sido una recompensa para ese público que ha dado tanto al toreo durante tantos años y a mí en concreto me ha dado tanto, que está pasando ahora un momento complicado.
Pregunta: Hay una decisión política tuya entonces, de ir a Barcelona a devolverle a ese público que ha aguantado lo que ha aguantado.
José Tomás: Sí, por supuesto. Pero como público de toros. Ese día en la plaza estaban nacionalistas, no nacionalistas, de izquierdas, de derechas y toda esa gente se puede emocionar con lo que yo hago y yo toreo para toda esa gente.